Experiencia de Adriana en 2011

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Comparto con ustedes estas líneas sobre mi vivencia con la Abuelita Ayahuasca, el sábado pasado. Escribo para ustedes, con la intención de compartir los mensajes recibidos, pero siendo honesta, escribo sobre todo para mí, con el conocimiento de que mi consciencia retornará de a poco a su habitual oscuridad, con la esperanza de que las palabras se transformen en mantras con los cuales convocar las sagradas lecciones recibidas.

La ceremonia tuvo lugar en una cabaña en un bosque, el sábado por la noche. Junto a otras 12 personas aproximadamente, dispusimos lugares cómodos en el suelo, procurando mantenernos tibios, pues la noche era fría.

Las personas que nos cuidarían nos dirigieron algunas palabras: hablaron del encuentro con el espíritu, de nuestra naturaleza divina, del Amor de Dios y de una infinita paz y felicidad. Nos advirtieron que lo común era tomar dos dosis para entrar en la experiencia, y que era posible que deseáramos vomitar, lo cual era positivo, pues ayudaría a arrojar todo lo malo. Preguntaron por nuestros motivos. Yo deseé la sanación, la comprensión, el contacto con el Amor de Dios. Pero consciente de pedir demasiado, también expresé que cualquier cosa que me quisiera otorgar la Abuelita Ayahuasca sería bienvenida.

 

Nos dieron la primera toma, y yo la bebí con la misma devoción con que entraba a un servicio de templo, con el corazón abierto, receptivo, entregado, en la confianza de que el Espíritu conoce mi corazón y sabe las lecciones que necesito. Me abandoné. Los primeros efectos fueron muy leves: me sentía relajada, muy cómoda, empática con las personas a mi alrededor. Tuve necesidad de vomitar y lo hice. Cerré los ojos y dormité un poco.

Nos ofrecieron una segunda dosis. La bebí y poco después vomitaba de nuevo. Me sentía sumamente receptiva y sensible. Una de las chicas que nos cuidaban se acercó a mí mientras vomitaba, acomodó amorosamente y cabello, me acarició la espalda... ¿cómo era posible que mientras hacía algo tan repugnante alguien se portara tan amoroso conmigo? Me conmovió. Lloré brevemente. Supe que durante mi viaje trabajaría a mi madre, y el desamor que marcó mi infancia  y mi vida entera.

Después de la segunda dosis, supe que la gente había entrado a la experiencia. Escuchaba risas, algunos hablaban solos, había una chica ondeando sus brazos con los ojos cerrados, totalmente extasiada. Pregunté a mi novio cómo estaba y me dijo que él ya no necesitaba más.

Tomé una tercera dosis. Una cuarta. Me sentía frustrada y desconcertada. Esta sustancia no parecía obedecer a las mismas leyes de la medicina, pensé, porque mi cuerpo es pequeño y la dosis era alta, pero nada sucedía. Contra la voluntad de mi pareja, tomé una quinta dosis y me recosté. Me levantó la urgencia por vomitar. Vomité mucho, desde lo más profundo y sentí cómo mi cuerpo se aliviaba. La misma chica que me había acariciado el cabello se acercó, y comenzó a ahumarme con tabaco para hacerme entrar en el viaje. Yo estaba preocupada, porque usualmente los inciensos, el tabaco, el frío, me agravan la sinusitis y crispan mis bronquios. Toda la vida he tenido problemas respiratorios. Pero el tabaco comenzó a serme agradable, y, con los ojos cerrados, comencé a recibirlo, cada vez con más gusto. Me entregué a la nube de humo, al amor de mi compañera, de la que respiraba su aliento, su entrega y su intención.

Y entré en el viaje.

Miles de partículas coloridas se agrupaban y danzaban al ritmo de la música, formando círculos. Risa. Dicha. Inmensa, indescriptible dicha. Felicidad extrema. Una cascada de luz, de vida, de felicidad, caía sobre mi plexo, haciéndome vibrar, estremecerme de júbilo. Júbilo de estar viva, de aspirar la vida. Una energía azul recorría mi cuerpo por dentro, haciendo pequeños remolinos, metiéndose en cada rincón, sanándolo todo, removiendo lo impuro, lo tóxico, sanando. Sanándome. Yo sólo agradecía. Agradecía infinitamente a esa presencia femenina y amorosa que me limpiaba por dentro, pues yo sabía qué estaba limpiando, pues yo sabía qué había pedido.

A cada bostezo que daba, sabía que sería llevada a un nuevo nivel de dicha, de amor, de sanación. Recordé mi petición del inicio, y pensé que había sido tan ciega en pensar que no se me daría lo que necesitaba. Me lo dieron todo. Todo y más. Y subí varios niveles, y cada que subía me decía a mí misma: ¿todavía más? Agradecida pero estupefacta. "¿todavía más?"

Sentí otra vez la necesidad de vomitar, y me incliné, pero no podía arrojar nada. Mi garganta se cerró y mi nariz no conseguía inhalar ni un poco de aire. Comencé a sentir que me ahogaba, y dentro de mi garganta descubrí un demonio de alrededor de 15 centímetros, estorbando mi respiración. Estuve a punto de ceder la lucha, pero me dije a mí misma: ya fue suficiente, y hablé con él. Te voy a arrojar, le dije, te vas a ir, porque no estoy sola, me van a ayudar, ya me hiciste suficiente daño. En ese momento sentí que alguien tomaba mi mano, acariciaba mi espalda y me acogía amorosamente, pero no era una persona, sino una entidad, una mujer que me sanaba, y de mi nariz salió una enorme cantidad de líquido y podredumbre. Y lo supe: era el daño que mi madre me había puesto con su desamor. Esas dificultades para respirar, que significaba mi temor a vivir por no contar con la confianza básica de una entidad benévola que se hiciera cargo de mi. La expulsé y pude respirar sin tropiezos, como nunca. Mis senos nasales estaban por primera vez vacíos, una sensación que no conocía.

Y con mi respiración ya limpia, el júbilo de estar viva regresó. Aquella entidad que tomó mi mano me incorporó, y frente a mí apareció una entidad sin forma. No era transparente, no era invisible, estaba ahí pero no tenía forma y no tengo ahora maneras de describirla. Aquella entidad, a la que identifiqué como el Espíritu, me alzó en éxtasis y me llevó a un nuevo nivel de dicha, amor, sanación y gozo. Me vi a mi misma arrodillada con las manos juntas en oración, y con una túnica dorada luminosa frente a Él. Y fue cuando decidí preguntar “¿aun más, porqué?” Y dejó caer sobre mí la respuesta en forma de gota de oro, y cuando la respuesta entró en mi cuerpo decía: “porque tú eres el Amor”. Y cuando la respuesta entró en mi cuerpo entendí que yo era el Amor, que el Amor de Dios estaba en mí, que en mí estaba Dios, y me llenaba, y me irradiaba desde dentro. Y que por ese vestigio divino en mi interior, lo merecía todo. Toda la abundancia del universo me era concedida con tal de cuidar y rescatar a esa chispa de Dios dentro de mí. Dentro de nosotros.

Bendecida con esta certeza, agradecí y me volví a recostar. Mi amado estaba a mi lado, y me acerqué a él. Miré dentro de sus ojos y por primera vez en mi vida entendí, comprendí y supe que él me amaba. Estuve segura de ello y me conmoví profundamente. Lloré como nunca, con facilidad, con alivio, con agradecimiento. Él repetía mi nombre y pude ver que cuando lo hacía mi cuerpo vibraba como una cuerda de guitarra, y flores de colores coronaban mi cabeza, desapareciendo de inmediato como burbujas que revientan. Tomé su mano y pude ver cómo los límites eran ficticios. “Los límites son de agua”, le dije, pues estos no impedían que mi cuerpo penetrara en el suyo, que su esencia se hiciera una conmigo. Los límites son de agua, repetí. Y entendí que la materia es energía, que la corporeidad es ficticia, y sentí que mi energía era la energía del universo. Y al entenderlo mi envoltura corporal se rompió del todo, y en una explosión salí disparada en todas direcciones uniéndome al flujo de la tierra, a toda forma y toda vida, al ritmo del universo,  y fui uno con él. Y fui precipitada a galaxias y estrellas y el Amor era desbordante e infinito. “Así debe de ser la muerte. Esto es morir.” Pensé para mí, y recordé a mi amado tendido a mi lado, y me dije: “Aún no es mí tiempo”, y regresé a mi cuerpo.

Y volviéndome a mi amado le dije, pues mi corazón lo sabía: “Has sido destinado desde hace varias vidas para mí. Naciste para mí, y yo nací para ti. Te esperé. Estuve sola y te esperé, me hiciste falta, estaremos juntos esta vida. Somos uno.” Y tuve miedo de que él fuera una invención mía, una creación ilusoria que me inventé para cubrir mis necesidades, pero abrí mis ojos y él estaba ahí, tan tibio, tan vivo que me maravillaba. Y en ese momento supe que no había más rencores, mi corazón lo perdonó por completo. Nunca me sentí más feliz.

El Espíritu habló de nuevo desde las alturas: “ya estás lista”, me dijo. “Ve a ver las estrellas.” Y abrí los ojos, y como quien despierta de un sueño, estaba fuera del viaje, así, de un momento a otro.

Salí a ver las estrellas y no estaban ahí. En su lugar había un perfecto cielo nublado, con nubes bien definidas y una luna llena esplendorosa, aluzando entre los pinos. “Todo es perfecto”, supe. Y mi corazón ardía de dicha por tantas bendiciones, por tanta comprensión. Más tarde las estrellas asomaban y yo sonreía, pues sabía que el Espíritu me hablaba a través de ellas, que ellas eran un mensaje de Amor para mí.

 

 

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