Algunas Vivencias con la Abuelita Ayahuasca

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A continuación ofrecemos una visión somera de las distintas clases de experiencias que hemos vivido o visto en el tiempo que llevamos trabajando con esta maravillosa maestra.

La Experiencia De Unidad Cósmica.

La experiencia de Unidad Cósmica es una de las más hermosas que cualquier ser humano puede experimentar. Los límites se trascienden…no somos nada en particular, pero lo somos todo a la vez. Todo está lleno de Presencia.

Cuando viví mi primera ceremonia con ayahuasca me habían platicado algunas experiencias con la medicina, y casi todas las experiencias que escuché incluían visiones hermosas. Mi experiencia, sin embargo, no incluyó ninguna visión. Lo que yo veía era el negro que suele asociarse con el espacio exterior, salpicado por los puntos brillantes pero pequeños de las estrellas.

Una paz imperturbable y una felicidad total, y divina. Recuerdo haber pensado acerca de esta experiencia que si ese estado pudiera ser mantenido, la riqueza más extraordinaria y la total satisfacción habrían sido alcanzadas aunque se viviera con el cuerpo desnudo.

En determinado momento me resistí un poco a la dicha, por creerme indigno de ella ya que pensaba que había cometido unos pecadillos. Fue hermoso percibir que el Padre-Madre me recibía en su seno sin mencionar siquiera mis debilidades y darme cuenta de que era yo realmente quien se resistía a esta; y El-Ella quien la permitía. Recordé la parábola del hijo pródigo y me dí cuenta de que todos somos hijos pródigos que abandonaron el Reino más hermoso (El Espíritu, La Morada) para vivir fuera de Él.

Me dí cuenta de que el Espíritu no es algo que creamos (formamos) con nuestros esfuerzos: ya está ahí, y fue un gran alivio saberlo. Fue un gran alivio darme cuenta de que la meta que tanto buscaba ya existía en mi interior y que sólo debía ser conciente de esa Realidad y afinar mi vínculo con Él.

Ese día dije que había experimentado el Vacío Iluminador. Después pensé que “Regreso al Reino” lo podía describir también. El Tao. Unidad.

Paz profunda y perfumada.

Dicha sublime, extática. Dicha Divina.

Plenitud que lo incluye todo. Dios presente y develado, no oculto.

Dios siempre presente y amigo, no imperceptible y enemigo.

Un Dios que no sólo me aceptaba en lugar de rechazarme, sino también, un Dios del que formaba parte. Un Dios al que debía rendir respetos respetándome a mí mismo, puesto que estábamos unidos.

Recuerdo que en medio de esta experiencia llamaba a algunos Maestros espirituales o dioses mitológicos y ellos acudían a mí; pero no acudían a mí como por lo general lo hubiera imaginado: en realidad, acudían a mí, pero dentro de mí mismo, como una parte del todo acudiendo al llamado de otra parte del todo. Ese “Todo” en el que me había sumergido (y que en el fondo, también era) incluía a los Maestros y me incluía a mí.

Quedé maravillado. En el momento en el que tuvo lugar llevaba tiempo realizando algunas prácticas espirituales sin conseguir los resultados deseados (ahora comprendo, también, que mis esfuerzos eran sinceros pero torpes y errados) y acudí a la ceremonia para ver si tenía el contacto y las intuiciones espirituales que tanto anhelaba.

Fue profundamente sanador y revelador.

Me reconocí por primera vez en la vida. Había un lugar en el fondo de mi corazón o en el universo, no lo sé, que era mi hogar…y ahora lo recordaba.

Bellísimo. Absolutamente.

Quiero decir también que en todo momento fui conciente de mi cuerpo, que no fue sólo trascendido sino también incluido en esta Presencia.

Guillermo Ruiz Colmenero

 

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